4 de marzo de 2011


“El director de la Biblioteca Nacional argentina veta a Mario Vargas Llosa", tituló El país, nota firmada por la delicada Soledad Gallego Díaz. Y desde ahí a repetir, como loros. El mismo Vargas Llosa, que quiso emparentar a Horacio González, su “prohibición”, con lo que hacía la dictadura.

Veto. (del lat. veto, yo vedo o prohíbo). Derecho que tiene una persona o corporación para vedar o impedir algo. (Diccionario RAE)

Horacio González no dice, en ningún tramo de la carta que le dirigió al presidente de la Cámara del Libro, que prohíbe o censura la participación de Vargas Llosa en la próxima edición de la Feria. Sabe, González, que no tiene derecho a hacerlo. Tampoco está en su ánimo hacerlo: en ese mismo texto lo subraya, cuidadosamente. Pero sí le parece, a González, opina González, que mejor sea otro el que inaugure. ¿Puede opinar González que mejor sea otro, escribirle a Carlos de Santos y decirle che, mirá que este tipo en lo político representa esto y esto, el neoliberalismo que nos liquidó y todavía viene a por más, que hable todo lo que quiera pero mejor que sea en cualquiera de las cientos de conferencias y no en ese sitio tan simbólico de la inauguración?

Parece innecesaria la distinción entre "lo literario" y "lo político" que corre como argumentación; bastaría con repasar los discursos de apertura de otros escritores allí (Tomás Eloy Martínez, Griselda Gambaro, por citar un par de autores): ambos campos se entrelazan. Intercomunicación entre casillas maleables, en transformación, siempre.

Ahora, y a diferencia de González, a mí no me ofende que Vargas Llosa inaugure la Feria. Es obvio que como narrador amerita. Y en cuanto a sus aseveraciones político-ideológicas, son muy burdas y fácilmente rebatibles. En palabras y en hechos. Como anotó Leopoldo Brizuela al respecto, “no hay que dar por el pisco más de lo que el pisco vale”. Aunque no me ofende, tampoco lo pondría ahí, a Vargas Llosa. Decisión de los sres. Fundación El libro, que ya recogen el rédito de la polémica.

Han tildado a González de autoritario. Y también le han señalado que, con su carta, atizó algo que, sin esa declaración, pasaría más desapercibido. Quedarse en el mazo es un error de lectura: hagan lo que hagan, o no hagan lo que no hagan, siempre habrá argumento para pegarle al kirchnerismo. Hay raíces muy profundas en eso: ideológicas, culturales, políticas, económicas, estéticas, elitistas, racistas, esclavistas. Entrelazado todo, como apunta John Berger en “Con la esperanza entre los dientes”: Cada uno de estos campos diferenciados se junta con otros para armar el ámbito real de lo vivido. Si queremos asumir lo que ocurre se hace necesaria una visión interdisciplinaria que conecte los ‘campos’ que institucionalmente se han mantenido separados. Una visión así está destinada a ser (en el sentido original de la palabra) política. Durante largo tiempo fue un mandato no hacer “periodismo de periodistas” o de medios. Se mentaba algo de la ética, ahí, pero la idea era no avivar giles. Todavía hay muchos que se espantan si alguien nombra, por ejemplo, a la sensible Soledad Gallego Díaz, del diario El país.

Estuve en los comienzos del diario Crítica. Pronto se supo –o pude ver- qué fue eso. Nació a la par de la sufrida Mesa de Enlace. Ambos tuvieron la misión de socavar a este gobierno y lo que representa. Desde donde fuera. En cultura, la sección en la que escribí, muchas veces la idea era contar las lindísimas cosas que se hacían en Brasil o Chile y señalar acá alguna carencia. Venimos del liberalismo de Martínez de Hoz y Cavallo-Menem –el liberalismo de Vargas Llosa-: era –y todavía es- muy fácil encontrar carencias. Se anunciaban corridas con el dólar, por ejemplo. Se la chicaneaba a Cristina Fernández por un sombrero. Pronto empezó a renunciar gente a este diario. Entre esa gente, recuerdo muy puntualmente a un muy buen editor de fotografía y sus puteadas ante un encargo que le hicieron poco antes de irse.

Tenía en la pantalla unas cincuenta fotos de Lula Da Silva, Cristina Fernández y Evo Morales. Caminaban los tres juntos por los jardines de la Quinta de Olivos. El editor pasaba y pasaba fotos sin encontrar la adecuada. Pronto supe por qué puteaba: le habían pedido una imagen con gestos serios o apesadumbrados y no encontraba ninguna. Desde la dirección del diario querían machacar con una tensión entre los presidentes, pero no había una foto que pudiera mostrar eso. Los acuerdos y la cooperación entre los países latinoamericanos no es conveniente para vastos sectores: más fácil es vampirizarlos por separado. La guacha tiene la sonrisa clavada, despotricaba el editor.

De modo que en este contexto, para determinados medios y periodistas, no importa qué se haga o no se haga, se diga o no se diga: siempre habrá indignación. En esa caminata por Olivos, en la carta de González. En el discurso de apertura del año legislativo Cristina Fernández anunció subsidios prenatales para embarazadas: la medida es fabulosa, pero estos medios y periodistas la ignoraron o le dedicaron una línea o un espacio de cuarta. El boxeador que está enfrente tira piñas y no hay que esperarlo con la guardia baja: se trata de un boxeador que además, después de tirar sus golpes, dice ay, no me peguen, somos civilizados.

Es un error o una mentira, entonces, aseverar que que Horacio González veta a Vargas Llosa. Se equivocan o mienten, también, los que arrancan la polémica por ahí. Eso quieren hacer creer a través de toda la prensa anti, que Horacio González veta, que un funcionario de este gobierno quiere prohibir ¡Nada menos que el director de la Biblioteca Nacional, esa que dirigió Borges! A Horacio González, que tiene junado quién es y qué representa Vargas Llosa, no le parece oportuno ni simpático que inaugure la Feria, nomás. Y tiene derecho a decirlo, delicada, sensible Soledad.

1 Comments:

Blogger condado said...

Como loros, si, ahora veo al entrar en más noticias sobre la polémica, se olvida el oficio, aquello de las fuentes. Es una pena.
Un saludo, ya lo echaba de menos

5 de marzo de 2011, 14:37  

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