--En el principio está el hallazgo en un boliche de usados de una edición de La novela de Perón que publicó La semana a mitad de los '80, dos tomos, tapas celestes: hasta ahí apenas había pispiado su nombre en el suplemento Primer plano, que armó y dirigió. Mi relación con lo que he leído, con lo que se escribe, es caótica y casi seguro que tardía, pero en ese quilombo hay unos hitos, unos nombres claves: Tomás Eloy Martínez es uno de ellos. Un tipo al que le tengo afecto y me pregunto por qué, trato de entender por qué mientras escribo. Sus libros están en la biblioteca de mi casa que más quiero. --Lo vi en persona cuatro veces: tres fueron para entrevistarlo. En la primera, para un documental sobre Perón, dijo que Evita le había ganado al Pocho el duelo mítico; en la segunda, ya para Página/12, que casi no leía las críticas argentinas a sus libros y que a ese gremio no le gustaba mucho la literatura; en la última, hecha en su departamento de la avenida Pueyrredón, dijo que la opresión, el tema y su atmósfera, era un asunto recurrente en sus libros. Que eso venía ya de la infancia en Tucumán, de familia e iglesia, por ejemplo, y que tuvo su continuidad en la obligación de ser peronista o de ser antiperonista. Se decía un hombre de ideas de izquierda: curioso que escribiera, en los últimos años, en La nación, él, que ni iglesia ni milicos ni conservas. En ese diario empezó hace ya más de medio siglo, cuando se vino a Buenos Aires desde su provincia natal. --Con el tiempo, tras hallazgo inicial, supe quién era, qué había hecho, y seguí lo que fue publicando. Su arte de entrelazar figuras entre lo real y lo ficticio, el periodismo y la literatura, las personas y los personajes es, además de una marca distintiva de su escritura, una muestra magistral de cómo el lenguaje construye y deconstruye mitos, de cómo se agujerean los relatos monolíticos o de cómo un relato aireado suena a historia sólida y pura. Pero estas idas y vueltas no serían más que una receta, un concepto, al que hace falta agregar dosis enormes de otros asuntos: su cultura, sus experiencias al frente de medios emblemáticos del periodismo argentino, su curiosidad en general y en especial en torno al poder, el tono de sus textos, la sofisticación de sus estructuras, el magnetismo expectante que producen muchos de ellos. --Se fue al exilio amenazado por la Triple A de López Rega, que se la juró desde los tiempos de las entrevistas a Perón en Puerta de Hierro; las huellas del destierro, empalmado con la dictadura, pueden entreleerse en la última novela que publicó, Purgatorio, en la que, creo, se jugó la ropa y también parte del pellejo. Ese libro, que está entre lo más potente de su obra -junto a Santa Evita, Lugar común la muerte y La novela de Perón-, remontó El vuelo de la reina y El cantor de tango, un tramo de su escritura en el que me pareció que trataba de narrar de acá y desda acá mientras no estaba del todo. Una grieta. De algún modo, Purgatorio cuenta de esa grieta, la radiografía. El año pasado, antes de entrevistarlo, leí La mano del amo, una fantasmagoría sobre la infancia tucumana y la madre: las dos novelas conforman un círculo de opresión y autoritarismo al que, a la vez, buscan destruir. --La cuarta y última vez que lo vi presentaba la reedición de sus libros en el edificio de Alfaguara. Lo rodeaban periodistas, escritores, fotógrafos, editores, familiares, amigos. Repitió aquello de que le gustaría que su versión de Perón sea la que prime a través del tiempo, así como prima la versión de Sarmiento sobre Facundo Quiroga. No era gorila, aunque lo hayan acusado de eso más de una vez; parecía tener un gran ego y también grandes ambiciones. Ganas fuertes de dejar huella. Así fue, es, seguirá siendo. Quería, de chico, que le contaran historias: a eso se dedicó, a contar. De qué, de cómo contaba, viene el afecto. --De su muerte, entonces, la tristeza.
--Cautiva miss Honduras en el fashion show. Una espectacular pasarela protagonizaron las ochenta y cuatro concursantes al Miss Universo 2009 anoche en un lujoso hotel de Las Bahamas. --La represión policial del miércoles 12 de agosto en el centro de Tegucigalpa contra los manifestantes que no avalan el golpe de estado dejó un centenar de personas detenidas y otras tantas heridas. --Nuestra compatriota Bélgica Suárez lució su esbelta figura con un atuendo azul muy primaveral de dos piezas y complementado con un llamativo sombrero. La catracha hizo prevalecer su experiencia en pasarelas internacionales pues a su paso era reconocida por varios expertos que ya la han apreciado en desfiles de moda realizados en Milán, París y Nueva York.
--Al hospital escuela llegaron veinte personas muy golpeadas, en condiciones de mucha severidad. Tal vez dos no sobrevivan. No pueden hablar: si uno ve los rostros de estos dos compatriotas, totalmente deformados por los golpes, si piensa cómo les dieron a estos dos muchachos, tenemos una masacre en el país. --Las beldades engalanaron el fashion show que tuvo como protagonistas a varios diseñadores de esa localidad, quienes demostraron su talento con la puesta en pasarela de atrevidos, llamativos y coloridos atuendos. --El Congreso Nacional hoy es centro de detención. La policía ha invadido los albergues donde iban a alojarse los manifestantes que llegaron desde distintos puntos del país. También ingresaron a la Universidad Pedagógica, donde mantienen detenidos a 38 estudiantes. --Rectores se lavan las manos por terrorismo. Las máximas autoridades de las dos principales universidades públicas del país, la UNAH y la Pedagógica, alegaron ignorancia en torno a la fabricación y almacenaje de bombas molotov o caseras en los predios de estas casas de estudio. La policía tiene indicios de que estos artefactos, 13 bombas y seis candelas explosivas, se fabricaron allí. En entrevista a Hrn, tanto la rectora Julieta Castellanos como el vicerrector de la UPN, David Marín, dijeron entre titubeos desconocer la existencia de estos artefactos y su fabricación en predios universitarios.
--No entendemos qué pasó, cómo empezaron los disturbios. No alcanzamos a llegar al Congreso. Hoy se nos hizo muy difícil controlar a los infiltrados, que nos siguen causando daño. Hay una inmensa cantidad de gente, provocadores, que no son de la resistencia. La represión ha sido en toda la Capital: cuando asomábamos al Congreso empezaron a disparar gases. Muchos retenes militares. Hoy actuaron como sabuesos, nos persiguieron por toda la ciudad. Fueron a la Pedagógica a sacar y reprimir compañeros, pegando palos. En este gobierno golpista no hay derechos humanos ni ley que valgan. Pero no nos quedaremos en casa, la lucha continúa. (Juan Barahona, presidente de la Federación Unitaria de Trabajadores de Honduras) --Los colores que prevalecieron en esta noche llena de belleza, glamour y elegancia fueron los tonos amarillos y azules. --Radio Globo. Un taxista cuenta cómo vio que un camión del ejército trasladó a 33 detenidos desde el Congreso al Fuerte General Cabañas. Una mujer, por teléfono y sin dar su nombre, por miedo, atestigua que vio salir de la Alcaldía a varios sujetos caracterizados como manifestantes. --San Pedro Sula. Honduras borró a los ticos… Y a Chiquidrácula. Una noche para enmarcar: bien afinada, la H goleó a los ticos y hasta pudo con el árbitro. Nada evitó que apoyaran: la fiesta fue hermosa. Miles de hinchas se pusieron la azulita para apoyar a la H. No hay virus, ni amenaza de complot, y mucho menos antisociales que odien el fútbol, que pudieran detener a miles de aficionados catrachos.
--Tegucigalpa: capitalinos de corazón con la Selección. Niños, jóvenes y adultos se pintaron de azul y blanco y apoyaron a lo lejos. --Anoche, jueves 13 de agosto, 24 compañeros y compañeras se convirtieron en los primeros presos políticos del gobierno golpista. En audiencia ilegal, por haber sido realizada en las instalaciones de la Jefatura Metropolitana 1 de la Policía Nacional, nuestros compatriotas han sido acusados de robo, sedición y daño a la propiedad privada y pública, entre otros. Se manifestaban pacíficamente la tarde del miércoles, en los alrededores del Congreso, y fueron detenidos después de haber sido brutalmente golpeados y heridos de gravedad. (Comunicado del Frente Nacional Contra el Golpe de Estado) --Condenan salvajismo de turbas zelayistas: la diputada nacionalista Nelly Jerez dijo que ya es tiempo de poner coto a los disturbios. Salvajismo y anarquía en la universidad: escudados en la autonomía, sindicalistas secuestran agentes, que resultaron golpeados y afectados emocionalmente. --Escotes, aberturas y hasta transparencias se pudieron admirar en la pasarela que se caracterizó por tener un toque tropical, propio de la región. Entre los comentarios que se escucharon esa noche fueron: que la hondureña Bélgica Suárez podría dar la gran sorpresa del evento, que la candidata de Italia es espectacular…
--La Cofadeh publica en su página los rostros de once personas asesinadas, desde el 28 de junio, como consecuencia del golpe de estado. --La final de Miss Universo 2009 será transmitida por los canales NBC, TNT, Telemundo y Telecadena 7 y 4 de Corporación Televicentro, el 23 de agosto a partir de las 8.00 PM. El evento durará dos horas y tendrá un show de primera.
--(Textos y testimonios del 12, 13 y 14 de agosto en el diario oficialista El heraldo, página web de la Comisión de Familiares de Detenidos Desaparecidos en Honduras, sitio web Rebelión y Radio Globo de Honduras. Fotos: porhonduraslibre.blogspot.com y El Heraldo)
Foto publicada en el blog "Frente Nacional contra el Golpe de Estado"
(contraelgolpedeestadohn.blogspot.com)
--Titula CNN: “Estados Unidos pide a Zelaya que no entre a Honduras para evitar violencia”. ¿Violencia de quién? ¿Y qué tal si se lo piden, mejor, a la policía y al ejército, a los servicios y al gobierno de facto, que impone toques de queda sorpresivos y reprime huelgas, que persigue militantes y censura, que ampara a los antiguos agentes del escuadrón de la muerte B 3-16, hoy de nuevo a disposición del poder? Porque la impresión es que quienes tienen los uniformes y las ametralladoras no son los de Zelaya, son los otros.
--Dice Juan Micelli, en Canal 13 de Buenos Aires: “Zelaya estuvo imprudente, su acercamiento hasta la frontera con Honduras no tuvo mucho sentido yprovocó incidentes”. ¿No se nota que en Tegucigalpa y en Las Manos, en San Pedro Sula y en El Paraíso, unos marchan con carteles prolijitos, anteojos de sol y hasta auspicios publicitarios, y otros son corridos a palos, detenidos y gaseados por los milicos, perseguidos más allá del toque de queda, amenazados por todas las vías?
--En el vomitivo diario El heraldo, de Tegucigalpa, el lunes apareció esta “noticia”: “Vándalos serán castigados por daños”. Empezaba así: “Los manifestantes que se han dado a la tarea de tapizar de mensajes los edificios históricos de la capital, ahora lo pensarán dos veces. Severas sanciones y multas de entre 1 y 2 millones de lempiras (…) para quienes cometan estos actos vandálicos”. Una foto mostraba un grafitti: “Insurrección – Feministas contra el golpe”. Los muchachos de El heraldo andan muy preocupados por lo que llaman “la suciedad” y por la “transparencia de la democracia”, pero no informaron, por ejemplo, de la censura a la periodista Daysi Flores, del Centro de Derechos de Mujeres, sacada del aire cuando estaba por iniciar un programa sobre el golpe. Su caso es uno entre decenas.
--La secretaria de Estado norteamericana Hillary Clinton condenó lo hecho por Zelaya por “temerario” y “provocativo”; el secretario de la OEA, José Miguel Insulza dijo que la movida del presidente hondureño “no era conveniente”. A casi un mes del golpe de estado, se ve, los medios del poder machacan ya mucho más sobre el golpeado que sobre el golpista, y se explica, porque el corazoncito les late más cálido en cercanía de quien puede ofrecer mejores negocios. En Estados Unidos y en Colombia ya fueron recibidas delegaciones del gobierno de facto: oxígeno. El paso del tiempo es central en esta encrucijada: los usurpadores quieren que la cosa se calme, se discuta, se dilate, se negocie, que los días se escurran hacia las elecciones; Zelaya, en cambio, necesita que lo ocurrido siga en tensión con renovadas acciones y gestos, porque de lo contrario el cercenamiento de su mandato democrático será definitivo.
--Los grandes medios son desde hace rato parte central de la maquinaria del poder: la perspectiva permite ver sus roles en la temporada de golpes en Latinoamérica de los ’60 y ’70, por poner un ejemplo no muy lejano. Hoy eso sigue vigente. Pero, a la vez, proliferan y muerden y pinchan y avisan y muestran otra cara de las cosas los medios alternativos. A través de los blogs, de Youtube y de miles de páginas personales o de organizaciones pudo irse sabiendo lo que viene pasando durante este mes en Honduras. Las voces, las cámaras, los textos, ahora son mucho más. Por eso se puede ver a Micelli y a los muñequitos de la CNN, leer El heraldo y La Nación, y preguntar:
--“No me interesa para nada lo que pasa en Honduras”, largó Mirtha Legrand, y los invitados festejaron la sinceridad. Fueron muchos los días de campaña pinzados por la corrección estratégica, así que Macri, De Narváez, Solá y Michetti, capitostes políticos de la derecha empresarial electa, agradecieron la descompresión de la anfitriona almorzadora que los agasajó en su programa para celebrar el triunfo del domingo 28, día en que el presidente hondureño Manuel Zelaya era secuestrado de su casa por militares, deportado en pijama a Costa Rica y reemplazado por su ex compañero-empresario-congresista Roberto Micheletti, viejo dirigente del Partido Liberal, protagonista de un montaje que incluyó la lectura de una carta de renuncia trucha y las consabidas invocaciones a dios, la patria, lo de siempre. Esto fue hace una semana, pero la coincidencia entre un par de titulares en un par de periódicos me conectó con ese almuerzo. --“Clima político aleja la inversión extranjera”, titulaba el 17 de junio El Heraldo, diario hondureño con sede en Tegucigalpa que se autopromociona “independiente”, “veraz”, “que busca satisfacer las necesidades informativas en un mundo con cambios constantes”: es un órgano del establishment que funciona en pro de unos golpistas tan burdos que ni la CNN puede disfrazar. Asómese y vea (www.heraldohn.com): hablan de “diálogo de buena fe”, de “incomprensión” y de los hondureños radicados en Miami que piden “paz, libertad y democracia” y “no cesan de manifestar su apoyo a la determinación judicial de suceder en el cargo a Zelaya”. --El título de El Heraldo apareció en un informe televisivo sobre Honduras y remitió de inmediato al que usó Jorge Castro en su columna dominical de Clarín: “La crisis política aísla al país y frena el crecimiento”. El sentido de ambos títulos es un machaque constante de direccionamiento en los dos últimos años en los dos diarios. Tienen en común, además, la satanización de Hugo Chávez y la coincidencia discursiva con el empresariado neoliberal proveedor de fondos y negocios. Jorge Castro fue secretario de Planeamiento una década atrás, durante el gobierno de Carlos Menem. El 2 de mayo de 2003, camino al ballotage que nunca se produjo por el abandono del prócer al que Eduardo Aliverti llama la rata, el diario La nación daba cuenta de una reunión realizada en Las cañitas, más precisamente en las oficinas de Francisco de Narváez. El publicista Ramiro Agulla –a cargo de la reciente campaña electoral del diputado y empresario pro derecha- iba a filmar allí unos spots con el ex presidente y todavía aspirante. Menem aprovechó para anunciar ahí mismo su “futuro gabinete”: Castro sería canciller y De Narváez se haría cargo de la cartera de Acción Social. --La interrelación entre los golpes de Estado en Latinoamérica durante los ’60 y los ’70 es tan conocida como sus consecuencias: masacres, saqueo, pobreza. Mirtha Legrand empezó con sus almuerzos durante la dictadura de Onganía y no perdió el apetito ni la sonrisa durante el Proceso, al que le festejó varias hazañas. Quizá por eso no tuvo aire en televisión abierta durante el alfonsinismo. Fue recién durante el gobierno de Menem, en 1990, que resucitó: capaz que en agradecimiento, ella le hacía unas entrevistas que a algunos periodistas agudos les parecían “muy cuestionadoras”. Desde hace unos años Legrand trabaja en el canal América, que como es sabido pertenece a De Narváez, que como es sabido es socio de José Luis Manzano, que como es sabido fue ministro del Interior de Menem y autor de otra frase también sincera, la del robo para la corona. --A Legrand lo de Honduras no le interesa nada, pero la represión del gobierno de facto ya se cobró las vidas de dos manifestantes a favor de la restitución del presidente Zelaya y no se vislumbra en el horizonte cercano una solución pacífica. “No está tan clara la cosa allá”, dijo ella en otro programa, y puso en duda la ilegitimidad del golpe. Tampoco es que uno espere algo muy lúcido, o nuevo, de Legrand. Pero vale la pena tomar nota de festejos, indiferencias, complicidades y direcciones a partir de unos personajes, unos puntos que reunidos en el tiempo y el espacio esbozan la desgracia sonriente de ayer, de hoy, de lo que quieren que sea siempre.
--Por buenas que sean, las leyes son invariablemente torpes. Por eso se deben poner en tela de juicio o impugnar su aplicación. Y hacerlo, la práctica constante de hacerlo, corrige su torpeza y contribuye a la justicia. --Hay leyes malas que legalizan la injusticia. Esas leyes no son torpes, pues cuando se aplican imponen exactamente aquello que se pretendía hacer respetar al establecerlas. Y éstas hay que ignorarlas o desacatarlas; hay que oponerles resistencia. Pero, claro está, compañeros, nuestra resistencia es torpe.
hay que tener plena conciencia de la muerte hay que imaginarse que la muerte no está allí hay que faltarle el respeto, maldecirla hay que hacer méritos por si luego hay examen hay que practicar rituales distractivos hay que buscar trascenderla en vida y obra hay que convencerse de que es un largo sueño hay que dedicarle continuas efemérides hay que matarla hay que vivir hay que amar vivir hay que amar
--Al cardenal español Antonio Cañizares le parece que el aborto de fetos de menos de trece semanas es un asunto mucho más grave que “lo que ha podido pasar en unos cuantos colegios”, por esto que se supo hace unos días: miles de niños abusados por curas en las escuelas católicas de Irlanda. Cada tanto se destapa alguna olla espeluznante, de estas que cocinan en las penumbras y el miedo estos tipos disfrazados con mantelería, y aparecen ahí dentro las perversiones que devienen de la pretensión de ordenar pitos en huelga hasta la eternidad y más. Hace cinco años, en el cristianísimo Estados Unidos de Norteamérica, se conocían otros miles de casos denunciados. Un panorama algo más amplio y milenario da el escritor colombiano Fernando Vallejo en La puta de Babilonia; un paseo por la gesta española en el rubro puede darse en las páginas de Pederastia en la iglesia católica, del periodista Pepe Rodríguez; un caso argentino casi a punto de sentencia es el del benefactor de Felices los niños, padre Grassi. No hay noticias fehacientes, a lo largo de la historia, de las reflexiones que dios hace sobre sus pastores ahí mismo, en directo, mientras observa a través de sus monitores cómo suceden estas cosas que hacen con pibitos. Las calaveras y las cenizas dispersas por el planeta tierra a lo largo de siglos tampoco dan indicios concluyentes sobre perdones o condenas, paraísos o infiernos. Y no se sabe, tampoco, si dios putea o avala los sucesivos cambios e interpretaciones que sobre su palabra fueron haciendo apóstoles, pastores, papas, cardenales y otros pájaros, hasta llegar a este Benedicto y su amigo Cañizares, que vive con Ratzinger desde hace unos meses en Vaticano, Roma (y a propósito, se cuenta que de ahí eran los que liquidaron al Jesús). Por ahí dios perdió contacto, nomás. En relación a la relación entre su palabra y los pitos y sus pastores, parece que durante largos siglos podían usarlos para el sexo amoroso sin castigos divinos. Usarlos con castigos, dice Cañizares, aunque le arruine la vida a unos nenes, no es a fin de cuentas algo tan grave como unos abortos: no puede compararse el fin de un feto de cuarenta y cinco gramos, dice, con el trauma que, a lo sumo, le queda al niño tras ser sometido por un sacerdote matriculado en alguna de las filiales de Vaticano Inc. Los fetos deben nacer, ser bebés, infantes, niños, ir a colegios católicos. Y entregarse a la buena fe y los santos deseos de los tipos vestidos con sábana, tapete, cortina, mantel.
Llego puntual. Últimamente pasa eso, llego puntual.
Desde hace unos pocos años tengo suerte para estacionar. En lugares donde casi no se puede transitar yo encuentro casi siempre un hueco para dejar el auto. Muchas veces, en la puerta misma del sitio al que voy.
Aprendí a mirar desde una o dos cuadras antes al tipo que tiene pinta de estar por subirse, a la mínima maniobra, a la luz roja de un freno, la puerta que se abre o se cierra.
En Agüero, en la cuadra de la Biblioteca Nacional, paran dos o tres pibes que piden plata a cambio de cuidar los autos. Aprovechan una fuente cercana para ofrecer, también, lavarlos. Por ocho pesos. Llueve, así que ese rubro está cancelado, hoy.
Contra la pared en la que se recuesta la fuente proyectan poemas. A la altura en la que está veo, por el espejo retrovisor, que se acerca uno de estos muchachos. Entre 16 y 24 años, perdí la perspectiva. Ropa deportiva azul francia. Que se queda hasta las nueve, señor.
Aprendí, también, la gestualidad para que el pedido no vire a exigencia o a pago anticipado. Hablo de monedas.
El edificio de la Biblioteca Nacional es una mole de hormigón y vidrio estrafalaria, de otro planeta. Entre el delirio y la maravilla. Ahora pienso que el edificio puede asociarse a la materia de los sueños –la figura es fácil, porque los sueños pueden relacionarse con cualquier cosa, casi-.
La tormenta es, todavía, menos de lo que prometieron los servicios meteorológicos. Llueve poco y no hay viento. Después de que termine lo que cuento, en el borde de allá, sale el sol otra vezy el tiempo es pegajoso.
Espero en la explanada de acceso; cada tanto me asomo a la rampa larga por la que se llega, para ver si viene la persona con la que voy a encontrarme. Las trepadoras, hojas como estrellas verdes, combaten, abrazan, el hormigón.
Sobre las baldosas grises hay cartas blancas escritas con letras negras; tienen forma de naipe gigante y textos escritos a máquina, tramos de la correspondencia entre Perón y Cooke, segunda mitad de los ’50. Carta, naipe, correspondencia. Jugada ahí. Se entiende. O se cree que se entiende. Como la poesía, la fuente, el cuidacoches. O Borges, que dirigió la Biblioteca hasta que Perón lo designó inspector de aves.
Pecinco, firmaba, a veces, Perón. Dicen, con Cooke, de resistencia a la dictadura, de estrategias, de guerrillas. Cada golpe debe ser minuciosamente planeado sin que nada quede supeditado a la improvisación. El hombre que atiende el kiosco mira televisión. Entre el edificio y Libertador, la avenida más cara del país, hay un gomero enorme, plátanos, jacarandás, palos borrachos en flor, dos araucarias.
Es menester después golpear por sorpresa y sin dejar rastros, aconseja el general. Dos gatos en la explanada: una atigrada, negra, blanca, gris; me acuclillo y le imito un maullido al otro. Se acerca para que lo acaricie. Es negro. Recuerdo que tengo la cámara de fotos en la mochila. Saco, desde aquí hasta el final, unas cincuenta.
Miro el reloj cuando pasaron veinticinco minutos desde la hora de la cita. Empiezo a dudar de haber señalado bien las coordenadas del encuentro: suele ocurrir. Cuando me separo del gato negro la atigrada se le acerca, irritada. Se tiran unos zarpazos. Luego se mantienen a distancia. Aparecen otros gatos, luego se van.
Es estúpido hacer este trabajo mediante la fuerza, cuando el mismo efecto se puede obtener mediante la habilidad. Un “gorila” queda (…) muerto mediante un tiro en la cabeza como aplastado “por casualidad” por un camión que se da a la fuga.
Pregunto en la entrada si se registró la persona a la que espero. No, pero me recomiendan averiguar eso mismo en otra entrada. Los bienes y (…) los asesinos deben (…) toda clase de destruc (…) te el incendio, la bom (…) directo y toda otra cla (…) trucción. En un rincón de la carta A 58 la gata atigrada se interpone con la lectura completa. En las dos entradas hay carteles con reclamos de los trabajadores de la Biblioteca. Salarios, asambleas, consignas. Hace poco se cayó un ascensor. Algunos empleados fuman bajo un alero.
Subo al auto una hora después de haber apagado el motor. El cuidacoches tampoco aparece. Cuando estoy por arrancar veo al hombre acostado en la vereda. Está descalzo, tiene ropa gastada, raída. No le veo la cara; su cabeza reposa sobre el brazo derecho, que está estirado. Le saco fotos. Varío los encuadres. Puedo hacer que ocupe casi toda la imagen, recortado contra el mármol del edificio. O que se extienda al final de una vereda de baldosas similares a las de la explanada. Que aparezca por encima del retrovisor, gotas de lluvia y autos avanzando por Agüero en el espejo. Que resulte indiferente para una familia que pasa por ahí. Que comparta imagen con una mujer bonita. O con el veinteañero de bermudas floreadas que baja su equipaje de un auto, de regreso de sus vacaciones. Más amplio: que sea una afrenta para el guardia de seguridad del edificio que lo mira desde atrás del vidrio del hall. Más amplio aún: el único hombre ante arquitecturas bien cotizadas, notoriamente menos atendido que las flores rojas de una rosa china en plena salud. O en el extremo izquierdo de una toma que incluye la publicidad municipal, letras negras sobre fondo amarillo: Haciendo Buenos Aires.
Noté en un momento que acostado como estaba, boca abajo, el hombre movía las caderas. Los empeines de los pies, sucios, cruzados uno sobre otro como los de cristo en el martirio, en breve roce vaivén contra las baldosas. Al principio dudo, pero los movimientos van haciéndose más frenéticos, la pelvis yendo y viniendo hacia el piso. La cabeza que se agita, el brazo derecho que sigue estirado, el puño que cada tanto se cierra con más fuerza.
El ruido de las cubiertas de los autos contra el asfalto mojado. El hombre sigue un rato. Y luego ya no se mueve.
--Santiago me despierta: un monstruo se lo comió. Distingo su voz en cualquier circunstancia, incluso si son las cuatro y veinte de la mañana y tengo un sueño inconmensurable. Así que bajo la escalera y lo veo que me señala hacia el lugar en el que duerme. No puede ser, si estás acá, le digo. Tiene abrazado al león azul con el que duerme desde hace mucho. Era un monstruo, papá, bajaba por la chimenea. Pero si estás acá: ¿no te lo habrás comido vos a él? Se echa en su cama, me tiro al lado. El ojo rojo del chirimbolo para los mosquitos. Las sombras de las cosas que van afirmando su contorno en la noche. El rumor discontinuo del viento en las hojas de los árboles. El pájaro que no sincroniza con el amanecer y canta a esta hora. El sueño. --Al lado, en el baño, ocurre un zumbido pesado, como si una corriente eléctrica se activara para poner en movimiento algún cuerpo. Esa luz queda encendida en la noche, para que no se haga la oscuridad. No distingo nada, pero al rato sí: el mismo roce siniestro, más corto pero amplificado por un eco, y el impacto de algo que da contra una superficie sólida. Después, silencio. Algo anda ahí. --Me asomo: la sombra del monstruo abarca varios azulejos. Es un insecto gigante, brazos largos y finos respecto al cuerpo macizo, cabeza triangular. Atino, apenas, a cerrar la puerta y a buscar algo en la cocina para defenderme. Escucho otra vez el zumbido, más fuerte, y un objeto que cae –es el vaso que usamos para enjuagarnos las bocas tras las cepilladas de dientes-. Con el cuchillo más grande que encuentro ya en la mano descubro, por el calado de la cortina, que la sombra desapareció. Se me erizan los pelos de las piernas y de los brazos. Voy a la pieza de Santiago. El ojo rojo. Duerme. --Ahora en el baño no se oye nada. No distingo nada, tampoco, por la cortina ni por el ojo de la cerradura. Pero hay que entrar, me digo. Busco algo para envolverme el antebrazo izquierdo. Decido entrar rápido, patear la puerta y encarar con el cuchillo en la diestra. El monstruo vibra detrás de la cortina de la bañera, así que la arranco en un movimiento. --La chinche verde volvió a zumbar, esta vez, en el viaje entre las cercanías de un perro de plástico y una piedra que traje de la cordillera. La descubrí dentro de la bañera luego de un rato, después de mirar el techo y dentro de un mueble. Creo que a estas no hay que aplastarlas, porque largan feo olor. Cuando la capturé había hecho cima en los Andes; levantaba las patas delanteras, como si festejara algo, o como si quisiera que la abrazara. --Ya en mi cama recordé una imagen que le di al espejo: calzoncillos, poncho, cuchillo de cocina. Era un monstruo, papá.
--La abuela debajo del árbol que está en el fondo de la casa de mi tía Hortensia. En una bolsa tiene un tejido: las medias que le regala a toda la descendencia, hechas con lana cruda de oveja, que ella misma hila con una rueca. “Ni sé para quién son”, dice, “me las puso Urbana en la bolsa”. Tiene problemas de memoria: confunde fechas, lugares y personas, divaga, desconoce. Siempre vuelve a su pueblo. “Mira, parece que supiera que está echando los dientes”, me dice una y otra vez: mi hijo la está mirando y se mete los dedos de una mano en la boca.
--Figueras de Castropol, Asturias. A la abuela no le salía pronunciar bien la palabra “concentración”. “Campo de...”, alcanzaba a decir, y se trababa. Estuvo ahí unos dos o tres meses. Con el abuelo. Embarazada de mi tío Pepe, el quinto de los siete que tendría. Sería el año 39; Urbana ya había nacido. Cuenta mi abuela que pensó en llevársela con ella, porque se decía que en los campos a los bebés les daban bien de comer. Pero no: la dejó con un hermano suyo, el tío Julián. Y también se quedaron allí los tres que habían nacido antes: Hortensia, María, mi padre. Y las vacas. “Teníamos dos vacas”, dice mi abuela. “¿Y vivían en la misma casa?” “Lógico; las vacas vivían abajo y nosotros vivíamos arriba”.
--La abuela se llama Emilia y tiene 93 años. Nació en1911, el 31 de julio. Está más bajita, más consumida, pero la vi mejor que otros días. El año pasado, cuando estaba internada en el hospital español, pensé que se moría. En realidad tuve miedo de eso: no estaba tan mal. Tenía esos problemas de memoria, de empaque: no quería comer y dependía de una sonda que se arrancaba cada vez que podía. Las vacas, de alguna forma, fueron la excusa que usaron para llevarlos presos. “Les había dado la fiebre, y el ternero ya muriera; mi marido bajó a ver cómo estaban y a sacar leche, porque a mí se me había retirado y Urbana tomaba de la vaca, y si moría de dónde iba a tomar”. Esa noche mi abuelo ordeñó a la vaca y prendió alguna luz; luego puso el recipiente con la leche en el hueco de una ventana, para mantenerla fresca. “Ahora creo que todos deben tener heladera, pero en ese entonces nadie la tenía”.
--Tal vez fue esa noche, tal vez fue otra: un falangista apareció flotando en el río Cúa, que pasa por delante de donde estaba la casa y parte en dos a Vega de Espinareda. Y algún vecino o vecina con mala leche denunció que mi abuelo les hacía señales a los rojos: encendía una luz por la noche. De eso los acusaron, al menos. Creo que mi padre contó, alguna vez, que al falangista lo había liquidado algún colega y que a alguien tenían que echarle la culpa. Cuenta mi abuela que estuvieron ocho días presos en el pueblo y que a mi abuelo le pegaron.
--¿Puedo imaginar cómo fue eso, cómo llega algún matón a la casa de mi abuelo, a quien no conocí, que por fotos es igual a mi padre hace algunos años? ¿Puedo imaginar los golpes furiosos y los gritos, y a mi tía Hortensia de cuatro o cinco años, y a mi padre con tres, llorando? ¿Puedo imaginar las palabras? ¿Le dirían “tú eres rojo”, o “Tú mataste a fulanito”? ¿Puedo imaginar el rostro de mi abuelo ante los matones? ¿Le habrían pegado ahí mismo, delante de sus hijos? ¿Cuáles habrán sido esas palabras? ¿Fue de noche o fue de día? ¿Volvió a ver a sus hijos antes de que se lo llevaran para Figueras de Castropol?
--Les daban, para los dos, un caldo en el que flotaban cuatro porotos. Mi abuelo, que trabajaba todo el día en los caminos que Franco quería para que España fuera católica y pura y fascista, le daba los porotos. “Y un rusquito así”, dice la abuela, y con el índice de una mano señala dos falanges de dos dedos de la otra. El tío Julián, dice, les prestó plata, y algo ellos tenían. Con eso compraban en una cantina; al cantinero le era bastante conveniente que la comida en el campo fuera tan escasa.
--“Y los piojos eran como esto”, dice, y con la uña del índice señala la mitad de la uña del otro. Los que unas se sacaban en el agua se les trepaban a otras. El hermano de mi abuela trató de que el cura de Vega intercediera por ellos: “Si usted sabe que no tienen que ver”, le dijo. Lo sacó carpiendo. Este hombre se llamaba Lucas y desde que soy chico aparece en las historias familiares haciendo hijaputeces. Cuando tomó la comunión, a mi tía Hortensia la apartó: a los gritos le dijo que su vestido no estaba en condiciones. El delirio de la vía directa con Dios suele derivar en mucho cura proclive a la humillación.
--Dos hermanos de Vega, médicos, también pro régimen, intercedieron por ellos. Volvieron. Marcados. El miedo.
--La abuela no recordaba mucho más aquella mañana de febrero de 2005. Yo, ya, tampoco. Era un día muy soleado. El verde oscuro y brillante de las hojas de un jazmín. Los anteojos de marco y cristales gruesos. Las manos huesudas y manchadas. Cierto temblor en el labio inferior. Las vacilaciones. Tomé buena parte de las notas un rato después de estar con ella. Luego me distraje con algo. O hubo que hacer otras cosas. Ya no recuerdo.
..Está en el aire y viene hacia mí. Oigo a mi hijo que, cerca, les inventa un diálogo a dos personajes. El panadero es mediano y, primero, recala en la agenda que tengo abierta sobre el escritorio. No va a las páginas, pasa de largo por las letras y los números verdes que indican que hoy es viernes nueve, que mañana es sábado diez, enero, 2009: el panadero va al borde de la agenda, hace un ida y vuelta por la funda azul en la que descubro, ahora, una proclama adhesiva que recibí en una manifestación en 2003 mientras estaba en Valencia, mientras Estados Unidos invadía Irak. Aturem la guerra, dice: la silueta de una bomba negra encerrada por un círculo rojo y una franja en diagonal que quiere prohibirla. --Eso que anoté ya es después, hace un instante. Afuera el cielo está muy celeste. El panadero sale de la agenda y va a mi antebrazo, el izquierdo. Estoy leyendo un libro de Andrés Barba que se llama Manos pequeñas: hay, ahí, una gran sensibilidad para contar sentidos, sentires. En el comienzo de Manos pequeñas hay un accidente de auto y una niña de siete años, internada, que procesa lo definitivo y fatal: su padre murió en el accidente y su madre luego, en el hospital. --Recuerdo lo de los deseos. Ahora me pregunto por el origen de esa fe, de ese juego, pero cuando vi al panadero en mi brazo vino de inmediato un apuro por abrazar esos deseos, por enunciarlos, antes de que siga viaje. Que mi hijo y mi mujer estén bien, tener trabajo, que los míos vivan y tengan buena vida. Son tres, nomás, los deseos que se piden. Tengo muchos más deseos, tres son pocos, pensé. Voy a seguir diciéndolos, mientras el panadero siga acá, conmigo. Pensé unos cuantos antes de que apareciera el que me llevó a escribir: encontrar tono de estar, decir. --Eso es siempre una búsqueda. Cada tanto se encuentra. --Lo habré escuchado en la infancia, en el pueblo de la costa en el que me crié. Pedí muchos deseos, casi seguro, en la adolescencia. En la costa había más panaderos que en la ciudad, y eran más grandes. Era común, entonces, que llegaran a las manos. En esa época todavía creía en dios, en los presagios de los panaderos y en bastante más, en algunos adultos y en la autoridad, en el amor inmaculado –qué sería eso- y en ganar, en la inmortalidad y en la vida eterna. --Afuera el cielo está muy celeste y oigo perros que ladran a lo lejos, camiones que pasan por la avenida, una chicharra, el ruido del cuchillo contra una cebolla que mi mujer prepara, en la cocina. El panadero sigue conmigo: algunos de sus hilos blancos se enredaron con los pelos de mi antebrazo. Se irá con el viento. Seguiré leyendo el libro. Oiré noticias. Comeré. Tendré deseos. --Y así. Algo sigue, algo termina, algo empieza. Y así.
Estamos hechos de todas las miradas de todos los gestos que nos dieron los otros hasta de las palabras dichas desde afuera no nos dejaron ser lo que quisimos sino esta ausencia este destierro que nos cubre.
Todavía preguntamos si es el amor si viene si ha pasado.
El amor
Nadie como él confunde los caminos vicia la soledad tuerce la letra de los nombres que escribe.
Quién como él después de haber criado un buho se vuelve noche.
A muchos les crecen alas
Cuando la miseria más grande es el amor la gente huye de las casas con la cabeza llena de pájaros.
Así comienza simplemente a percibir la existencia común del aire la generalidad del sol o de las calles la particular hostilidad de esta tierra.
Sucede que a muchos les crecen alas y poco a poco comienzan a volar. primero es un envión después un salto torpe contra la ley de gravedad y luego el vuelo como la mano suspendida del adiós en su tarjeta azul.
Hoy sin ir más lejos han invadido el centro de la ciudad y las palomas de la plaza pueden suponer que el aire exuda también sus propias manchas de humedad.
Casi incorpóreos casi la respiración de la luz ellos de su flacura extraen la locura de volar y planear sobre todo incluso en nuestras vidas mientras nosotros groseramente nos hemos puesto de cabeza a tomarle el peso a nuestras cosas.
“La madrugada del 24 de marzo de 1976 envió una vez más a miles de argentinos al exilio (o a la cárcel, la tortura y la muerte a los menos afortunados). Un día antes yo había viajado con Holver Martínez Borelli a Buenos Aires, y este viaje ocasional fue para él, dicho de un modo general pero muy aproximado, la última gauchada que le hizo el destino, o al menos la más evidente, porque aquella madrugada un pelotón militar lo fue a buscar a su casa, en Salta. Dos años después murió en Bruselas sin haber vuelto nunca”.
Santiago Sylvester, poeta y amigo de HMB, en el prólogo del Los lugares comunes. Sylvester me dio su libro, recuerdo, recuerdo.
Hemos tomado un asiento de primera fila para verlas mientras la música sube y todavía silbamos a la escena porque usurparon nuestra imagen ellas que son la pasión de nuestras manos los exvotos del alma.
Y simplemente son cosas puestas alrededor las cosas que ocupan un lugar en el espacio simulando máscaras antifaces cantidades mezcladas con nuestra sombra con la oscuridad que nos oculta de la mirada de unos sobre otros.
Y en el lenguaje de las significaciones todas son iguales lo mismo mercadería que flores consignadas en una carta de porte.
Y en esto se reconocerá que fuimos hombres en que vinimos a servirlas.
En tus radiografías escondes el gran secreto de la vida. En los textos cifrados de tus análisis el árbol del bien y del mal. En la foto de tu cara la individualidad orgullosa de no ser los demás. En la palidez debajo de las uñas el incontenible deseo de no tocar la tierra.
Ser y permanecer en tu propio círculo moviéndote en la misma ola puesto en tu álbum solo.
Esa es la expresión favorita de unos marcianitos verdes con tres ojos que esperan, dentro de una caja vidriada, lo que decida La garra. Es una de esas máquinas que suele haber en los parques de diversiones o en las casas de videojuegos: se pone la ficha y se acciona con una palanca una especie de guinche, La garra, con el que hay que pescar alguno de los muñecos que se amontonan dentro. En la que aparece en Toy Story hay unos alienígenas para quienes lo que haga La garra es sagrado, así que ante cualquier decisión exclaman, a coro: Uooooooooh. Eres el elegido. Te vas a un lugar mejor. Pero también pueden exclamar: Uooooooh. La garra ha decidido no escoger a nadie. O esto otro: Uooooooooh. El Club de París aceptó la oferta. El gesto de la Argentina es muy significativo. El servilismo con el que los medios operadores del neoliberalismo hablan de lo que pasa anda bastante cerca de estos bichitos que inventaron en Pixar. Tienen, por el aparataje financiero del Primer Mundo, una relación creyente-divinidad, muñequito-garra.
Uooooooh: muy significativo. No se trata, tampoco, del otro extremo, somo lo má mejó del mundo y esas huevadas. Pero ya está bueno esto de subdesarrollado-corrupto, de un lado, y blanquito-primermundo-inteligente-honesto-hombrevolucionado, del otro. “Nosotros somos muy corruptos para manejar empresas fundamentales –decía el finado Neustadt, casa con canillas de oro en Martínez y etc-. Privaticemos, que los europeos y los norteamericanos nos van a dar buenos servicios”. Hace unos días Cavallo salió a decir que lo suyo fue fantástico: convertibilidad, competitividad, corralito, todo muy positivo. Los franceses de Aguas, los españoles de Aerolíneas e YPF, el menemismo a tope, la flota argentina en el Golfo, las fabulosas AFJP con viejos felices que suben a podios. Uooooooh Casi al final de Toy Story 2 los marcianitos, que son unos personajes muy secundarios en la saga, llegan hasta un aeropuerto y desembocan, enseguida, en el sitio en el que las cintas transportadoras distribuyen equipajes hacia todo el mundo; es un espacio que pinta inabarcable y se parece al del universo de puertas a habitaciones de niños en Monsters, otra película de Pixar: el mundo de estos monstruos funciona a fuerza de la energía obtenida de los gritos de nenes y nenas. De vuelta a Toy Story 2: cuando los muñequitos desembocan ante las cintas, dicen: ¡Ahhhhh! El portal místico
Wall Street, Morgan Stanley, Goldman Sachs, Lehman Brothers, FMI, AIG, Washington Mutual, entre algunas bandas más, el núcleo del portal. Como revientan, o parece que revientan –lo divino puede fallar-, hay que hacer unos “rescates” que, dicen, traerán secuelas. ¡Ahhhhh! El portal místico, se sigue informando. ¡Que digan que son los malditos chantas responsables del desastre del mundo, por lo menos! La reverencia hacia la maquinaria es tal que, aún con los descuajeringues de estos días, siguen sonando los voceros. “Ah, calculamos mal”, mienten. “Mmm, sí, se van a joder”, piensan. “Ahora tienen que hacer esto”, apuntan. Hablan de estos asuntos, y de lo que habría que hacer en la Argentina, Melconián, López Murphy, Longobardi, Bonelli, Grondona, Cavallo resucitado. Uoooooh
Los mismos exactos tipos que en los ’90. Con varios de ellos también se puede ir más atrás, a las dictaduras: ahí está Kissinger dando consejos y ofreciendo soluciones. “Los países débiles que tienen petróleo –escribió hace un par de domingos- están poniendo en jaque a los países fuertes. Debemos frenarlos”. La figura llega hasta acá, porque a diferencia de las criaturas de Pixar estos voceros actúan de marcianitos pero saben que es un guión. Y saben cuál es su papel, su función rentable en este mundo: producir muñecos verdes, tres ojos desorbitados, que al menor movimiento de La garra digan Uooooooh
La pick up más revolucionaria de su categoría. Las mayores dimensiones en el exterior y el interior colocan a la Hilux un paso delante de sus competidores.
Los vehículos 4 x 4 son un símbolo. Respecto al anterior, el modelo nuevo de la Hilux tiene 23,5 centrímetros más de largo, 7 más de ancho, 4,5 más de alto. Más capacidad de carga, más confort interior en la cabina, más estabilidad a altas velocidades. Un nuevo estándar mundial en dimensiones.
En la madrugada del domingo cinco muchachos de 16 y 17 años, alumnos del Cardenal Newman, volvían de una fiesta del club del Colegio, en Benavídez. Silvestre Gosio, Francisco Oxenford, Bautista Pereyra Iraola, Ignacio Gaing y Lucas Pereyra Iraola. Salvo Francisco, rugbiers, también, de ahí. Parece que Lucas, el que más barata la sacó, dijo que iban a bailar. Eran cerca de las cinco.
Jompi dijo: “Todo esto es muy triste. Mis saludos a la familia y a la gente del Newman. Es difícil señalar culpables y más sin saber qué pasó y cómo pasó. Lo que sí estoy seguro es que no aprendemos la lección. Hoy muchos podrán señalar al que le dio el auto o al que lo dejó manejar habiendo tomado, si es que eso pasó. Pero todos hemos hecho algo así; siempre actuamos como que es algo que le pasa a los otros y que nunca nos va a pasar; el problema es que cuando nos pasa a nosotros muchas veces no hay solución, como en este caso. Yo me preocupo porque los chicos toman, pero voy a los terceros tiempos, tomo, vuelvo manejando y pongo plata para que haya alcohol, muchas veces al alcance de los chicos o de no tan chicos pero que tienen que irse en auto a sus casas o a seguir tomando a otro lado”.
Maniobrabilidad superior. La idea fue determinar el tamaño ideal de carrocería que los clientes de distintas partes del mundo esperaban de la Hilux. El resultado fue un vehículo de mayores dimensiones pero sin perder la maniobrabilidad necesaria para el uso cotidiano de una pick up mediana.
Este modelo parece un camioncito. Mide 5,25 de largo por 1,83 de ancho y 1,81 de alto. Un ambiente. Pesa casi tres toneladas. Nueva, cuesta 132.200 pesos, IVA incluido. Es el precio sugerido al público. No incluye gastos de flete ni patentamiento.
No se sabe todavía por qué el conductor, Silvestre, perdió el control a la altura de la avenida Otto Krause, Panamericana, Pablo Nogués, ya ruta 9. Un tío dijo, al día siguiente, que Silvestre manejaba bien, aunque en situaciones límites no tenía la madurez de un adulto. El vehículo chocó contra el guardarrail del puente que cruza esa avenida y se partió en dos: la parte trasera quedó sobre la autopista y la delantera cayó a pique.
Richard dijo: “A esta altura ya no se puede hablar de fatalidad. Nosotros los padres estamos fallando en la prevención y en la enseñanza. El auto a los 17 años porque ¡¿cómo no le vamos a dar el auto?! El alcohol descontrolado y la vida nocturna sin límites: se nos están muriendo nuestros chicos. Ponerles límites no es quitarles la libertad. ¡Reaccionemos! Acompaño en su tremendo dolor a las familias de los chicos y a los amigos de Newman.”
Apariencia exterior inigualable. La apariencia agresiva y deportiva del vehículo se encuentra afianzada por la incorporación de overfenders y extensores de guardabarros que junto con los estribos laterales le confieren al vehículo detalles que incrementan su apariencia off road a la vez que proporcionan un acceso fácil y seguro.
Más grandes, más fuertes, más rápidos, más ricos, más poderosos: el hombre quiere estas superaciones.
Al lado de Silvestre venía Lucas; los otros venían atrás. Cuando llegaron los bomberos encontraron los cadáveres de Bautista, Francisco y Silvestre, uno sobre el puente y los otros dos abajo. Ignacio quedó atrapado arriba, entre los fierros. Lo operaron esa misma noche, y también la siguiente, en el Sanatorio de los Arcos, Palermo. Está grave. El martes por la noche se pedían, con urgencia, 200 dadores de sangre que no tenían la obligación de ir ayunados y a los que se les recomendó ingerir algo de azúcar antes de la extracción. “El muchacho que sobrevivió no caía, no sabía qué le había pasado –dijo el primer bombero que llegó al rescate-. Lamentablemente estaba mirando la escena, porque tenía a los otros dos chicos fallecidos, frente a él”.
Diego dijo: “Muchachos, traten de hablar con un poco de conocimiento de causa. Se habla de que uno de los chicos le afanó el auto a los padres (que le tenían prohibido manejar), que están de viaje. Hasta ahora, en todos los cuentos que escuché de fuentes serias, nadie habla de alcohol; sí que venían muy rápido. Una cagada de pendejos que salió muy mal, muy mal (pero que todos tenemos alguna). Mis condolencias a todos los compañeros, familia y colegio.”
Estilo. Con un revolucionario diseño exterior se ha logrado una apariencia poderosa y robusta, con terminaciones al nivel de un vehículo de pasajeros. La Hilux transmite estilo y sofisticación al mismo tiempo que mantiene intactas todas las virtudes que la convirtieron en una de las primeras y mejores pick ups del mundo.
A una entrega de premios Martín Fierro, o algo así, Chiche Gelblung llegó manejando una Hilux. Lo vi por televisión. No recuerdo con precisión, tampoco, qué canal era.
Junto a los bomberos voluntarios de Malvinas Argentinas, Garín y General Pacheco llegaron al lugar, también, personal de Autopistas del Sol y Policía Vial. “Se procura establecer por qué el vehículo colisionó contra el guardarrail del puente –dijo un jefe policial-. Aparentemente no hubo otro vehículo involucrado, aunque es materia de estudio”. “Mirá para adelante”, le dijo Lucas a Silvestre, en un momento. Iban muy rápido, dijo. En un instante, dijo, la silueta de la cola de otro auto se creció en el mismo carril. Dijo: estando ya muy cerca, Tete, que así le decían a Silvestre, volanteó. Ya no pudo, dijo, retomar el control. El vehículo que los rozó, dijo, era un taxi. “Lo más probable es que las concausas del accidente hayan sido la excesiva velocidad y una mala maniobra”, consideró un investigador.
Rabeni dijo: “No hablen al pedo. Si no saben qué pasó, cállense la boca y no den sermones enseñándole al resto la verdad de la vida”.
El núcleo de la atractiva vista delantera se encuentra en los faros halógenos multirreflectores. Su diseño aerodinámico no solo realza su originalidad para un vehículo de este tipo, sino que también brinda una excelente luminosidad y brillo, dando un gran sentido de seguridad cuando se maneja de noche o en ambientes de poca visibilidad. El imponente paragolpes delantero realza el amplio diseño de la carrocería e integra ópticas, luces antiniebla y parrilla para un estilo sin precedentes en una pick up.
¿Brotan, luego, dentro de los cuerpos, estos adjetivos? ¿Brillan como rayos entre las neuronas, mueven los músculos? ¿Tallan, también, los gestos, los rostros, los sueños?
Por luto, el colegio Cardenal Newman permaneció cerrado el lunes. La caravana funeraria partió desde la casa de Silvestre. El entierro fue en el Parque Memorial, un cementerio privado de Pilar. El entrenador de juveniles de Newman dijo que los pibes eran divinos. Que Silvestre jugaba de centro o de wing y que era jodón, divertidísimo. Que Bautista era un apertura talentoso, un tipo bárbaro.
Hugo dijo: “Si los jóvenes no tomaran en los terceros tiempos tomarían en un bar, en un kiosco, plaza o casa de alguno. No seamos hipócritas. El ejemplo y el orden están en la casa de cada uno y en no hacerse los boludos. Echarle la culpa al rugby o a los terceros tiempos es una ingenuidad. El alcohol y la droga cada vez más están metidas en la sociedad y es culpa del escaso ejemplo, del poco diálogo con los hijos y de las extremas libertades permitidas por los padres hoy.”
Nuevo panel de instrumentos completamente renovado. El diseño, de muy buen gusto y calidad, conjuga un estilo moderno y una fácil y correcta visualización de todas las informaciones.
Diego dijo: “Mis condolencias a las familias de los chicos. Por favor no opinen más. El dolor es muy grande como para reflexionar a la ligera. Las palabras ya no sirven, el daño es irreparable”.
El conjunto de instrumentos con relojes analógicos asegura una interpretación rápida y sin errores, tanto de día como de noche.
Luces de advertencia informan al conductor sobre las diversas funciones del vehículo de forma clara y objetiva.
(Fuentes: Página oficial Hilux, comentarios de usuarios en el sitio de internet Periodismo-rugby, agencias, diarios, algún testimonio obtenido por el autor)
--Cuando vos decís, por ejemplo, perro, ¿decís todos los perros que hubo en casa? ¿Decís uno, el Negro, el Dax? ¿Decís el boxer ese, el que parecía un boxer, el que ni le recordás el nombre, que una vez nos siguió hasta Las Toninas, por la playa, una noche, y entonces hubo que volver? ¿Decís la cachorrita que pisó el 128, la que le desataba los cordones de los zapatos al viejo, mientras comíamos? ¿Decís, nomás, viejos perros muertos? ¿Decís que así, nombrándolos, metiéndolos en un poema los revivís un cacho? ¿Decís que no es por ellos, que es por vos? ¿Decís que eso los trae dónde? ¿Que eso los pone a correr, a jadear, a dar la pata, a rascarse las pulgas? ¿Decís que el Chiquito necesita, quisiera, le gustaría, un recuerdo de su breve viaje a los gases de la perrera, una mañanita temprana y fría, la calle de tierra, vos y tu hermano guardapolvos blancos, los tipos de uniforme, el lazo en el cuello del bicho y el revoleo, decís que era como una caña de pescar perros, un tipo levantando en la camioneta lo que recuerdo como la tapa de una olla, la nube de veneno en la mañana, el Chiquito en parábola por el aire y pum, adentro, y clac, olla cerrada, humo concentrado en el infierno?
--¡Ey, señor: ese es mi perro!
--¡Eh, saque al Chiquito ya mismo de ahí!
--Breve intermedio para colar una pregunta, como dicen los analistas finos, “inquietante”: ¿era Chiquito o era Chiquito dos? Ambos duraron poco y eran parecidos: bajos, blanquinegros, escuálidos, pelicortos. Al viejo le parecían despreciables y sí, si estaban en las antípodas de Muralla, el mastín de su pueblo y su infancia, un pastor guardián que mantenía a raya a los lobos. Decía, él, eso. Y yo no sé cuál Chiquito era el que zafó esa vez. Porque zafó: el tipo destapó la olla –humo otra vez-, lo cachó del pellejo del cogote, lo apoyó en el piso y el Chiquito se vino tambaleante. Fumado.
--¿O decís el Cacique, el ovejero cargado de garrapatas patovicas?
--¿O la Diana, decís esa perra negra a la que viste pariendo, enfrente, otro invierno, la que mordió a un fisgón que tuvo el tupé, el tupé, señor, de meterse en su intimidad -¡vamos con la finura!-, la intimidá, señor, entre los yuyos del baldío, para espiar a sus cachorros prendidos del lado de acá? ¿Decís la Diana, que antes fue la Lupi, así llamada en honor a un pariente persona no grata, y que luego supo ganarse a fuerza de inteligencia y compañerismo el ascenso, decíamos, de la Lupi a la Diana?
--¿Y desde cuándo usás la palabra tupé?
--Desde el párrafo anterior.
--Ajá.
--Pero ya dejé de usarla.
--Eso es un avance.
Entonces, poeta, decime: ¿qué decís cuando decís perro?
Manejo un auto por una avenida. Voy rápido. No recuerdo por qué estoy apurado. La avenida está cargada de vehículos. Muchos colectivos, con sus vaivenes de banda a banda para juntar o largar pasajeros, para pasar de lo más rápido posible a la detención. Muchos colectivos que, sin perder esas movidas frene-acelere izquierda-derecha, ahora se irguen y se acilindran y giran además sobre sí mismos, a gran velocidad. Pienso en esos tubos metálicos para condimentar, saleros y pimenteros, pero gigantes. En las bocacalles hay unos inconscientes que buscan detener a los automovilistas particulares para venderles alguna cosa. Tengo que acelerar un poco más, porque voy a perder el ritmo de la onda verde, aunque sigo sin saber por qué estoy apurado. Paso un par de semáforos en amarillo, en rojo. Puede ser peligroso, siento. En la esquina siguiente no llego a frenar ante la vieja que no sé cómo aparece, ya, en medio del paso peatonal. Chillan las gomas contra el asfalto, crujen los huesos, desde arriba se ve la mancha roja y el estropicio que asoma de abajo del auto.
Pero al instante siguiente sé, se sabe, que no fui yo. Gordo, piel tostada, pelo negro, nariz gruesa, camisa celeste: así es el tipo que dejó frita a la vieja. Se lamenta y manipula unos papelitos. Me acerco para buscar atenuarle la culpa, le digo que la vieja se le apareció así, en medio de la calle, desde atrás de un pimentero. Me mira un instante, sin dejar de desplegar y replegar hojitas sueltas, vuelve los ojos a su revisión, y masculla: “Digas lo que digas, el quilombo se me viene a mí, no a vos”. Hay, había, alrededor, otras personas, atraídas por el accidente. Los bollos, la sangre y la tragedia llaman la atención, ya saben. La expectativa en una carrera de autos es saber quién ganará, pero también si habrá algún estrolado.
Luego, en la edición impresa del diario de hoy, veo el manual del conductor cristiano. Los pecados al manejar. Se recomienda rezar antes de encender el auto, o mientras calienta el motor. Si hay un accidente, dice, debe asistirse al prójimo.
Yo ya había leído la noticia ayer a la mañana, en esas ediciones digitales renovables que ahora dan los diarios. La noticia de la jornada, sin embargo, sin duda, fue la que me dio el médico: me mandó a hacer unos análisis, me recomendó que tomara dos litros de agua por día y me prohibió por una semana mate, café, fritos, picantes y condimentos. Soy adicto al mate: sin mate, siento, mi vida sería terrible. Lo otro no me importa tanto.
Anoche, cuando volvía a casa y mientras esperaba que abriera el semáforo de Cabildo y Juramento, vi cómo unos autos esquivaban a una vieja que cruzaba sola, encorvada. No supe a favor de quién estaban las luces, si de la vieja, si de los autos. Recién ahora descubro algo que sí sabía: el de Cabildo y Juramento es, desde hace añares, un semáforo de tres tiempos.
Asesino. Rastrero. Ladrón incansable y prolijo, pero no tanto. Hipócrita. Berreta. Angurriento. Sin ninguna elegancia. Sin ningún sentido de la belleza. Acomodaticio. Militar de la CIA. Chupacirios. Lamebotas, botas lamidas. Bestia. Enterrador tenebroso de cadáveres hasta hoy no encontrados. Mal bicho.
Eso fue en vida. En esencia, un concentrado de basura y muerte.